- ¿Puedes verlo?
-
No. Desde esta ventana sólo veo una sala de espera.
- ¿Puedes oírlo?
- Tal vez, si permanezco en silencio, si casi no respiro,
podría conseguir oír alguna paloma, en algún momento del día. Ahora me parece imposible.
- ¿Y olerlo?
- No se huele el amanecer.
- Desde mi ventana sí puede olerse. Yo lo huelo. Huele a
nuevo día, a churros con chocolate, a beicon y huevos, a café. Huele a sol y
sombra.
- Aquí sólo huele a sufrimiento.
Nadia sujetaba con fuerza el mango de la sartén mientras pensaba en Toni. Le echaba
mucho de menos y ese fin de semana, por fin, podría combinárselo para ir a
verle. Faltaban sólo dos días. Únicamente un puñado de horas difíciles de
soportar. Era tal la impaciencia que la invadía, que había optado por ocuparse
y no pensar, por cocinar, para después, congelar.
El sofrito sabía a soso. Pero no por ausencia de sal. Más bien por escasez
de cebolla y eso, en ese preciso momento, no tenía arreglo. Después prepararía
uno con más cebolla y ajo, más potente, que mezclaría con el primero para poder
conseguir el equilibrio deseado.
El pequeño Carlos jugaba en su habitación con su álbum de cromos. Hacía
poco que había aprendido a engancharlos con cierta precisión, y en eso estaba
cuando su madre se le acercó para hablarle del fin de semana:
- Carlos, este sábado vamos a pasar el fin de semana con tus abuelos.
- ¿Otra vez? Allí me aburro mucho. ¿Me volverás a dejar solo con ellos?
- Serán sólo un par de horas. Luego te recogeré y podremos ir a donde tú quieras.
- ¿Cuándo va a volver papá? Le echo de menos.
- Está en el concurso de cocina que te dije, ya sabes que va muy bien de
puntuación y es posible que gane. Así que, el hecho de que tarde tanto en
volver, es una buena señal.
¿Cómo se le había podido ocurrir aquello del concurso? Era absurdo. Aún faltaban
más de cinco semanas para su regreso, si todo iba bien, y ella no tenía nada
más que inventarse ¡qué poco original! Pero decir la verdad no era una opción. Carlos
ahora no se cuestionaba demasiado las cosas, pero más adelante seguro que
recordaría las incongruencias.
Todo fue muy rápido. Una llamada alarmante de su cuñado informándola de lo
ocurrido. Ella se marchó a buscar al abogado, que residía a 300 km. Fue a
encontrarlo a altas horas de la madrugada. Altas e inciertas. Al niño lo dejó
con su tía, a quien no dio explicaciones.
Nadie contestaba al teléfono. A las ocho de la mañana le devolvieron
llamadas. Entonces ella hacía horas que aguardaba en un banco, en la calle,
esperando a que alguien se dignara a dar señales, lejos de su casa, su hijo y
su tranquilidad. Al verlo ella le interrogó:
- ¿Qué ha pasado? Dice la policía que se trata de una falta de notificación.
- Bien, su marido ha cometido una infracción que le notifiqué a la dirección
que constaba en su expediente.
- Cambiamos de dirección el año pasado. Le enviamos un correo electrónico
con nuestros nuevos datos. Además, estamos empadronados correctamente. Se
supone que usted es nuestro abogado y que tiene acceso a toda clase de datos
¿no?
- No puedo hacer nada. Tiene que cumplir condena. Han sido muy tajantes al
respecto.
- ¿De verdad? Ya le quitaron el permiso de conducir. Tuvo que examinarse de
nuevo. Se demostró que aquella multa no procedía. No hubo daños y, ahora… ¿por
una falta de notificación? ¡No me gustan las bromas!
- Nadia, lo siento mucho, tendrá que estar encerrado un breve periodo de tiempo, ya sabe, un par de meses, y después intentaremos
ir a juicio.
-¡Cómo que “y después”! ¡Maldito! ¡No ves que no aguantará! ¡No es un
delincuente, es alguien como tú y como yo, no puede estar ahí dentro!
Nadia, a las pocas semanas de lo sucedido, perdió su trabajo. Su jefe había
argumentado su despido improcedente basándose en la reputación empresarial.
“Nadia” -le dijo- “Una empresa como la mía no puede permitirse tener a su
representante más emblemático con esa clase de problemas en casa, todo se sabe
y puede repercutirme en grandes pérdidas”. Pero qué clase de persona era esa,
justo en el momento en que necesitaba toda la ayuda posible. Ya habían
despedido a Toni del restaurante. Con lo que le había costado conseguir un
puesto como aquél en un estrella Michelin.
- Sí cariño. Acabo de hablar con tu
padre y el concurso va muy bien. Le van a dar el primer premio y cuando vuelva
haremos una gran fiesta para celebrarlo. Ya verás.
Verònica P.Roldán
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